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Como recordó Duthuit hay pintores, como Bonnard o Masson, que han ido más allá del espacio posesivo en cada forma y figura, lejos de los límites y demarcaciones, hasta el punto en el que toda posesión se disuelve; pintura que es una especie de fortalecimiento, entre las cosas del tiempo que pasan y se nos marchan a toda prisa.

 

Hacia lo extraño y turbulento se dirige el arte: en dirección a la angostura. Hans George Gadamer ha señalado el vector histórico que ha dispuesto una nueva intensidad en el arte del siglo XX, gestado por medio de distintas rupturas con el orden precedente, aquello que puede conceptualizarse como episteme clásica. El final de la metafísica de la infinitud tiene que ver con un pliegue epistemológico en el que intervienen la lingüística, la economía política y la antropología; tal vez, la destrucción de la ontología heideggeriana, más que su banal comprensión de la obra de arte como un abrir mundo y tierra, nos sitúe en un espacio de conflicto en el que la cuestión del sujeto desmonta precisamente el discurso metafísico.

 

El sujeto, la identidad personal se encuentran derramados en la estética de Montserrat Gómez-Osuna: la epidermis de la obra en contacto con la carne preexistente del individuo, o con el material sobre el que se apoya el color. Hay una lógica del sentido, por emplear una noción de Gilles Deleuze, que se rige por intensidades, ajena a la estructura jerárquica del pensamiento clásico.

 

La obra de arte surge en el exceso, en el desbordamiento: un desgarrón que superpone planos, el envés pasa al primer plano. El inconsciente estructurado como lenguaje se manifiesta en pintura como una "disolución de regiones”; tal y como manifestara Lyotard en Dispositivos pulsionales, pintar es inscribir

color, pigmentos, es producir inscripciones cromáticas, “y así, pues, se da una conexión de la líbido con el color y del todo con un soporte. Se trata de una labor de inscripción cromática”. Se pueden recordar los dispositivos pictóricos revelados por Deleuze y Cane: gestos digitales, de la muñeca, del codo, global

del cuerpo, multitud de herramientas, medios y soportes. Toda una cartografía de prácticas significativas o de prácticas sobredeterminadas hasta comprobar que tal vez la fuerza de lo pintado no reside en su poder de remisión sino en lo que tiene de líbido conmutable.

 

La pintura de Montserrat Gómez Osuna es, en palabras de Carlos Sánchez, una indagación de límites, "espacios y lugares físicos que parecen brotar, y que nos conducen por abismales trazados de ensoñaciones marinas, o de nebulosas topografías y húmedos paraísos". Ha advertido la energía que se encuentra en obras como las de Schnabel, una tendencia moderna, de una abstracción lírica en la que se escucha lo que es un límite del arte de la serenidad. El caos es el estado virtual que precede al acto de pintar: el artista pone en obra la metamorfosis, es decir, el corazón del caos se instala y estalla en luz.

 

Esta pintora es fiel a un territorio plástico, la materia de los sueños es un mapa que recoge el tacto de la madera, ese gesto en el que la naturaleza se resiste frente a la técnica. Monserrat Gómez-Osuna funde el paisaje en un movimiento que no establece las dicotomías rothkianas, aunque parta del "gesto absoluto que anuncia el vacío": convierte a la memoria en una actividad que acota (de una forma incompleta) lo sublime. En el romanticismo habla una conciencia de la disonancia entre hombre y naturaleza que lleva a producir un arte que sea en sí mismo misterio sobrecogedor.

 

La dificultad de nombrar lo más próximo lleva a un desplazamiento visual: pintura que sólo puede ser comparada con los aforismos. La densidad de los cuadros de Monserrat Gómez Osuna es un remolino en el que se combinan sensualidad y vértigo: actúa en el filo, su gravedad es la del alma del bailarín".

Solo cultivan el aforismo -escribió Cioran- quienes han conocido el miedo en medio de las palabras, ese miedo a derrumbarse con todas las palabras”. Se necesitan fuerzas para asumir el feroz dilema de la expresión: continuar, a pesar de todo, porque hay presencias que no se pueden apartar.

 

Ante los ojos suceden movimientos en un espacio virtualmente sin límites. Lo otro es el centro de fuerzas del arte, también de la teoría. La postura de Beckett (la frase final de El Innombrable: “il faut continuer") nos ofrece la antinomia del arte, tiene que continuar cuando debería guardar silencio para siempre. Tal vez

lo que reste, el destino de la estética contemporánea sea llegar hasta lo más desvalido: producir imágenes o conceptos capaces de dar cuenta de la muerte de la piedra y la estrella. Mostrar la ruina del suelo sobre el que nos asentamos, pero narrar también, como un lejano canto aquellas promesas que se mantienen inquebrantadas.

 

El paisaje escapa al dominio de la voluntad, es un horizonte que se puede tocar, un suelo del que brotan imágenes. Monserrat Gómez Osuna ofrece sus lujos visuales con la convicción de que es el lugar lo que tiene que ser salvado, se necesita una fiesta de acción de gracias del aquí, en la que el poeta y el pintor se dejan succionar por lo que les atrae: la escritura y el color mismo. Las imágenes surgen como dones del exilio, aromas que son recogidos por el que espera en una ausencia que se torna fecunda. La duración se da a la intemperie, en un caminar que retoma a casa, en la mirada que fugazmente se entretiene en lo lateral, atiende a lo que está fuera.

 

Ese tiempo de la pintura en el que los colores se confunden transmite un mensaje: el cuerpo quiere ser devorado por el sueño. El creador persiste en la oscuridad hasta extraer las primeras formas, sus contornos ambiguos. Los fragmentos, la diseminación de la experiencia artística, surgen de una extraña mezcla de paciencia y desgarradura. Aquel territorio emblemático que el artista

sabía que nadie podía arrebatarle se vuelve aéreo, habitable por una mirada que no ve otra cosa que la transparencia.

 

Es la memoria misma un naufragio: en el límite, en el espacio de la soledad ya no queda nada. Las imágenes de esta creadora se sostienen un momento, apariciones que son contempladas como testimonios de la pasión. Cuadros que se ajustan al instante poético, tal y como lo caracterizara Bachelard: conmueve, prueba -invita, consuela-, es sorprendente y familiar. Preludio de silencio, aunque ahora sea propiamente un pasaje musical hipnótico, un diálogo de las partes: composición barroca, laberíntica. Lo que conocemos como curvas de nivel podrían ser inmensas huellas dactilares: lo que se impone cuando se dirige la mano hacia el destino.