Símbolos Sugestivos

Adolfo Castaño

Evidentemente, tanto Montserrat Gómez-Osuna como Jaume Plensa se expresan plásticamente a través de símbolos.

 

En el caso de la primera, los símbolos se expanden en un espacio de amplitudes diversas. En el del segundo se concentran en formatos decrecientes que parten del patrón ideal metro.

 

Ambos pretenden crear con su trabajo una iconografía colectiva, comprensible para la mayoría que usa y habita en el contexto social donde producen sus obras, y por lo tanto pretenden vertebrar un espacio evocativo en el que sus figuras designen metafóricamente realidades nacidas, directa o indirectamente, de la experiencia y toda suerte de implicaciones sociológicas.

 

No resulta fácil deslindar el campo de acción del símbolo. Su entidad es ambigua, cruza con frecuencia el ámbito del signo fundiéndose con él, a veces nace del signo, otras cristaliza en el emblema.

 

El símbolo puede ser una figura verbal o iconográfica por medio de la cual se designa una realidad, con la conciencia de que entre la figura resultante y el símbolo al que ella se refiere existe una distancia que no corresponde a un universo inteligible puesto que va cargada de implicaciones vivenciales.

 

El símbolo en el caso de Montserrat Gómez-Osuna y Jaume Plensa se aposenta en unas imágenes-vehículo, a través de las cuales se nos aparecen dos diferentes ordenaciones del espacio, de sus valores luminosos y coloristas, que transparentan dos funciones vitales muy diferenciadas, sugestiva y adecuadamente encarnadas.

 

El elemento dentro del que se afirma el trabajo artístico de Montserrat Gómez-Osuna es el agua. Lo que sucede transcurre en una atmósfera flotante, fluctuante, atmósfera que la acerca a la imprecisión evocadora del universo no figurativo. En este elemento, en su ficción y realidad simultaneas, ficción porque esta imaginado, realidad porque se nos hace visible a partir de la ficción, se suceden movimientos de masas indeterminadas que adquieren su significación por medio del color, pues su entidad material -acrílico sobre tabla- discurre, fluye, se desliza sutilmente dentro del paisaje elegido.

 

En estas pinturas tenazmente trabajadas hay hallazgos súbitos y recursos sabios. Recursos siempre eficaces como la transparencia del soporte que canta húmedo bajo el pincel, revertiendo su condición. Hallazgos, no de signos sino de realidades, gracias a la capacidad fabuladora, imaginaria de su autora. Realidades que con su emplazamiento, encuentros y luces, cargan de sentidos y fuerza el espacio propuesto.

 

Montserrat Gómez-Osuna (Balsareny. 1964), licenciada en Arte en 1989, tan solo ha hecho cinco individuales. Desde el principio ha utilizado un peculiar simbolismo iconográfico para expresarse, simbolismo de día en día más decantado, voluntariamene sugeridor.

 

El elemento de Jaume Plensa es el fuego; el fuego que devora lo concreto y al carbonizarlo lo aprieta en su sustancia concediéndole una entidad temporal y al tiempo eterna. Su simbolismo se convierte en emblemas tridimensionales, carácter que acentúa el sistema que ha elegido como medio de expresión: el grabado. El papel moldado que utiliza -emmotllat- exige el concurso de otro elemento, el agua, y aun de otro más -de donde nace la pulpa del papel-: la tierra.

 

El fuego de Plensa no es real, es Imaginario. Es el resultado del color de una idea más que de una realidad. Pero las ideas queman como el fuego, arrasan como la llama, realzan los perfiles más secretos de los seres y los objetos.

Y esto es lo que Plensa desea, concentrar en el emblema, en su silencio aparente, en lo definitivo -por escultórico- de su forma, toda la potencia de su imaginación, para que lo sugerido por sus iconos, larga y pacientemente trabajados, se concrete en imágenes que den la medida de quien es, lo que

lleva consigo, la experiencia de sus años (Barcelona, 1955) y el espacio temporal -1978, 1991- que ha ocupado con sus exposiciones, haciendo cómplices suyos a los cuatro elementos, fundido hoy en uno sólo y definitivo: el fuego.